Por Alex Esquivel M.
La recta final de una competencia política suele producir un fenómeno bastante predecible: mientras más cerca parece estar la definición, mayor es la tentación de algunos por abandonar las reglas establecidas al principio. Aparecen ataques que parecían descartados, alianzas que semanas atrás se negaban y argumentos que contradicen abiertamente lo dicho unos meses antes. Es parte del juego político, aunque no necesariamente debería serlo.
Por eso, además de revisar encuestas, estructuras y resultados, hay otro elemento que vale la pena observar en Carlos Torres Piña: qué tanto se parecen sus decisiones de hoy a los compromisos que planteó cuando comenzó esta etapa.
Porque en política una cosa es prometer y otra, muy diferente, empeñar la palabra.
Hay un dato reciente que ayuda a ponerlo en perspectiva. El estudio de AIMSA, realizado del 20 al 24 de julio mediante 3 mil 850 entrevistas cara a cara, encontró que 64 por ciento de los entrevistados considera que Carlos Torres Piña cumple lo que promete. La misma medición registró 69 por ciento en el atributo de conocer el estado y 61 por ciento en capacidad para gobernar.
El 64 por ciento resulta particularmente interesante, porque no está midiendo simplemente conocimiento del estado ni preferencia electoral. Está midiendo algo mucho más complicado de construir y bastante fácil de perder: credibilidad.
Claro que una encuesta no puede convertirse, por sí misma, en certificado de virtud. Las percepciones cambian y en política pueden hacerlo con una velocidad sorprendente. Pero cuando una percepción encuentra correspondencia con hechos concretos, vale la pena detenerse un momento y preguntar de dónde viene.
En el caso de Torres Piña hay, por lo menos, tres decisiones recientes que permiten encontrar una posible explicación.
La primera fue separar su responsabilidad institucional de su actividad política y solicitar licencia en la Fiscalía. El Congreso autorizó su separación temporal por 45 días, a partir del 22 de junio. Pudo haber intentado mantener simultáneamente la responsabilidad de encabezar una institución de esa importancia y la creciente exposición política de esta etapa, pero decidió establecer una separación formal.
No hizo nada extraordinario. Simplemente hizo lo que había dicho que haría.
La segunda prueba llegó con los ataques. Durante semanas circularon videos, acusaciones y campañas digitales cuestionando desde su desempeño en la Fiscalía hasta distintos episodios de su trayectoria política. También hubo intentos de llevar algunas controversias a las instancias partidistas.
Torres Piña había dicho que no convertiría la competencia interna en una guerra personal y, al menos hasta ahora, ha mantenido esa línea. Pudo responder golpe por golpe. Y no lo hizo. Bravo !!

Y esto tiene más importancia de la que pudiera parecer, porque una competencia interna no termina realmente cuando se conoce un resultado. Al día siguiente comienza una tarea todavía más complicada: volver a reunir a quienes durante meses compitieron entre sí, a sus equipos y a sus liderazgos.
¿De qué sirve ganar una competencia interna si después no existe capacidad para sentar a todos en la misma mesa? Ahí es donde la manera de competir deja de ser un asunto de formas y se convierte en un activo político.
Es muy sencillo hablar de unidad después de ganar. Lo difícil es construirla después de haber competido sin destruir los puentes que mañana pueden resultar necesarios.
Y hay una tercera dimensión de la palabra cumplida que tiene que ver directamente con el territorio.
Desde el comienzo de esta etapa, Torres Piña dijo que recorrería Michoacán, escucharía a la gente y conocería de primera mano sus problemas antes de plantear conclusiones. Y lo hizo. Más de 40 municipios recorridos en apenas dos meses, con encuentros con campesinos, productores, empresarios, comerciantes, mujeres, jóvenes, comunidades indígenas, organizaciones sociales y migrantes.

Ahora bien, escuchar también tiene sus asegunes. Porque cualquiera puede llegar, saludar, tomarse la fotografía y decir que está con la gente. Lo verdaderamente complicado viene después: regresar.
Regresar para saber qué ocurrió con aquella petición. Regresar para explicar qué se puede hacer y qué no. Regresar para demostrar que la reunión no fue simplemente otro acto de campaña.
Porque la mayor parte de la desconfianza ciudadana hacia los políticos no necesariamente nace de que la gente espere que todos sus problemas sean resueltos de inmediato. Muchas veces nace de algo mucho más sencillo: después de la reunión, nadie vuelve; después de la promesa, nadie responde; después de la fotografía, nadie se acuerda.
Por eso, cumplir también puede significar algo tan elemental como no olvidarse de lo que se dijo.
Nada de esto convierte a Carlos Torres Piña en alguien exento de contradicciones. Más de veinte años de actividad pública ofrecen suficientes decisiones para ser revisadas, discutidas y, llegado el caso, criticadas. Tampoco un 64 por ciento de percepción favorable sobre cumplimiento elimina a quienes piensan exactamente lo contrario.

Una lectura seria debe reconocer ambas cosas. Pero lo cierto es que, conforme avanza esta etapa, comienza a aparecer una correspondencia entre el atributo que mide la encuesta y algunas conductas observables.
Dijo que separaría su responsabilidad institucional de la actividad política y solicitó licencia. Dijo que no convertiría la competencia en una guerra personal y evitó, hasta ahora, hacer de sus adversarios el centro de su discurso.
Dijo que recorrería Michoacán y escucharía antes de plantear conclusiones, y hoy puede acreditar más de 40 municipios visitados.
¿Es suficiente? Por supuesto que no.
Pero sí alcanza para formular una pregunta que, en esta recta final, vale la pena hacerse: ¿cuántas de las cosas que Carlos Torres Piña dijo cuando comenzó esta etapa pueden comprobarse hoy en decisiones concretas?
Porque en política existe una enorme diferencia entre la promesa y la palabra. La promesa se pronuncia mirando hacia adelante. La palabra empeñada se juzga mirando hacia atrás.
Y quizá ése sea, precisamente, uno de los activos menos visibles, pero también de los más importantes, que hoy tiene Carlos Torres Piña.
Al tiempo…!!




































