Por Alex Esquivel M. / Periodista
Es curioso. La política mexicana atraviesa una paradoja sin igual en su historia mexicana. Y es que nunca había existido tanta exposición mediática de los actores públicos y, al mismo tiempo, nunca había sido tan evidente el distanciamiento de muchos de ellos con la ciudadanía. Hoy en día, la imagen ha sustituido el contacto; el discurso, a la presencia y las redes sociales, al territorio. Por eso resulta significativo cuando un político decide recorrer comunidades, escuchar problemas y construir organización desde abajo, a ras de tierra.
Carlos Torres Piña ha hecho justamente eso
En las semanas recientes, mientras el escenario político michoacano comienza a perfilar la sucesión gubernamental del 2027, el fiscal con licencia ha privilegiado una intensa agenda territorial que lo ha llevado a municipios urbanos, comunidades indígenas, pueblos ribereños, regiones agrícolas y zonas portuarias de Michoacán. Pero hay que decirlo fuerte y claro. No se trata de una simple y común gira política. No. Representa, y esto hay que recalcarlo mucho, una manera distinta de entender el ejercicio del liderazgo.
Y es que la diferencia no es menor
Durante años, la política estatal acostumbró a los ciudadanos a campañas construidas desde los escritorios, donde las prioridades parecían definirse más por cálculos electorales que por las necesidades reales de la población. El resultado fue un creciente desencanto social y una profunda desconfianza hacia quienes aspiraban a gobernar sin conocer, de primera mano, la realidad cotidiana de los michoacanos. Y muchos de los que se animaron a recorrer el territorio, no entendieron el sentir de la gente ni regresaron al lugar.
Pero Torres Piña parece haber comprendido esa lección
Así, su presencia constante en las diferentes regiones del estado, no sólo fortalece una estructura política; también envía un mensaje sobre la forma en que entiende el servicio público. Escuchar a productores, comerciantes, artesanos, jóvenes, deportistas, pescadores y habitantes de comunidades históricamente olvidadas, implica reconocer que las políticas públicas deben construirse desde el territorio y no únicamente desde las oficinas gubernamentales. Lo importante es la gente. He ahí la fuerza de cualquier proyecto político
Así las cosas, el trabajo a ras de piso de Torres Piña explica, en buena medida, el posicionamiento que distintos ejercicios demoscópicos comienzan a registrar. Ninguna encuesta decide una elección y ninguna ventaja es definitiva. Sin embargo, cuando diversas mediciones coinciden en colocar a un mismo actor al frente de las preferencias ciudadanas, difícilmente puede atribuirse únicamente al marketing político. Detrás suele existir un trabajo constante, una presencia sostenida y una narrativa que conecta con una parte importante del electorado.
Hay otro elemento que merece destacarse
En un contexto donde la confrontación política se ha convertido en estrategia permanente, Torres Piña ha centrado su discurso en la organización, la unidad y la continuidad de un proyecto nacional, encabezado por la presidenta Sheinbaum. Más allá de simpatías partidistas, esa definición ofrece certeza sobre el rumbo político que propone y evita la ambigüedad que suele caracterizar a quienes intentan agradar a todos, sin comprometerse a nada con nadie. Y es que Torres Piña está sumando, construyendo con la gente para la gente.
Naturalmente, y esto hay que decirlo fuerte y claro, recorrer el estado no basta para gobernarlo. Michoacán, todos lo sabemos, enfrenta desafíos enormes en materia de seguridad, desarrollo económico, infraestructura, agua, medio ambiente, fortalecimiento municipal y combate a las desigualdades sociales. La cercanía con la gente debe traducirse, llegado el momento, en capacidad para tomar decisiones, construir acuerdos y ofrecer resultados. Y el primer requisito para resolver los problemas de una sociedad consiste en conocerlos.
Y nadie puede conocer un estado, y sus problemas, desde una oficina
La historia política demuestra que los liderazgos auténticos suelen construirse caminando las calles antes que ocupando los cargos. La autoridad moral nace del contacto con la ciudadanía, no con los reflectores. La confianza se gana escuchando, dialogando, no imponiendo. La legitimidad se fortalece cuando el gobernante comprende que el poder no es un privilegio personal, sino una responsabilidad compartida que implica muchos y grandes compromisos con la ciudadanía.
Y Carlos Torres Piña ha decidido apostar por esa ruta
El tiempo y los ciudadanos serán quienes juzguen si ese trabajo territorial logra convertirse en un proyecto capaz de conducir a Michoacán hacia una nueva etapa. Por ahora, hay un hecho difícil de ignorar: mientras otros disputan espacios en el debate político, él ha optado por disputar el territorio, escuchando a la gente y construyendo desde abajo. Y en política, muchas veces, las victorias comienzan exactamente ahí: En la calle, a ras de tierra… Al tiempo… ¡!


































