Por Alex Esquivel M. / Periodista

Torres Piña es Michoacán. Así de simple, así de claro. Y no porque alguien lo diga, sino porque lo demuestran los hechos, el territorio y, sobre todo, la gente que ha encontrado en él un interlocutor. Ante más de 4 mil personas de la región Maravatío, Torres Piña mandó un mensaje sobre la necesidad de seguir defendiendo la soberanía. Es quien más cabalmente ha cumplido con la encomienda del partido y de la presidenta: ir al encuentro del pueblo y cerrar filas en defensa de la Transformación.
Y no es poca cosa. Tampoco es casualidad.

Para nadie es secreto que Uruapan es un territorio difícil para Morena. Por eso la proeza de Carlos Torres Piña al reunir más de 3 mil 500 militantes de toda la región para cerrar filas con la Transformación es una proeza doble. Parece que para este hombre ningún reto es demasiado grande. Pero las cifras de Maravatío y Uruapan son apenas una parte de la historia. Lo verdaderamente importante es la respuesta que ha encontrado a lo largo y ancho de Michoacán, donde miles de ciudadanos han acudido a sus encuentros, provenientes de regiones y sectores sociales distintos, con problemas y preocupaciones igualmente diferentes.
Porque una cosa es organizar un evento y otra, muy distinta, tener capacidad de convocatoria. Una cosa es llenar una plaza y otra conseguir que la gente acuda porque quiere escuchar, pero también porque tiene algo que decir.
Torres Piña conoce Michoacán.
Una de las cifras más consistentes en los estudios sobre Carlos Torres Piña es el reconocimiento de que conoce Michoacán. Pero ese atributo se entiende mejor cuando se observa cómo ha enfrentado estos meses de recorrido. No ha sido solamente una sucesión de municipios visitados.

En Pátzcuaro y la región lacustre volvió a encontrarse con comunidades originarias con las que existe una relación de años y que recuerdan cuando, desde la Secretaría de Gobierno, encontraron interlocución para temas como autonomía, presupuesto directo y organización comunitaria.
En Capula se sentó con artesanas y artesanos para hablar de comercialización y de cuánto del valor de una pieza termina realmente en manos de quien la produce. En otras regiones agrícolas escuchó a productores explicar que el problema del campo no se agota en producir más: también está en el precio, el agua, los intermediarios y la dificultad para transformar aquí lo que se cosecha.
Conocer un estado empieza por reconocer que cada territorio plantea situaciones y preguntas diferentes.
La composición social de esos encuentros también dice algo. Con más de mil jóvenes puso sobre la mesa empleo, vivienda, educación y las dificultades para construir un proyecto de vida sin salir de Michoacán; en Jiquilpan y Sahuayo volvió a escuchar a jóvenes desde sus propias preocupaciones.

En Morelia abrió un foro con integrantes de colectivos LGBTTTIQ+ para que fueran ellos quienes definieran los pendientes: acceso efectivo a salud, reconocimiento de familias, identidad, discriminación y la enorme distancia que todavía existe entre ejercer un derecho en la capital y hacerlo en un municipio pequeño.
Con mujeres ha sostenido reuniones sectoriales para escuchar problemas que cruzan desde la autonomía económica hasta las violencias y la participación pública. Son conversaciones distintas, pero juntas empiezan a construir una imagen bastante precisa de la complejidad social de Michoacán.
Y es precisamente esa diversidad la que permite entender el alcance de la gira. No es lo mismo hablar con una comunidad originaria que con los productores del campo, con los jóvenes que buscan oportunidades, con las mujeres que reclaman mejores condiciones de participación o con quienes desde la diversidad siguen enfrentando discriminación.
Cada región tiene su propia realidad y cada sector sus propias demandas.
Hay además un elemento que distingue esos encuentros de la lógica tradicional de una campaña: Torres Piña no aparece siempre como la única voz autorizada. Un detalle más que estratégico e inteligente, demuestra una actitud empática y asertiva con la gente.

Así, un transportista puede explicar mejor qué significa sostener una ruta; una productora sabe cuánto cuesta sacar adelante una cosecha; una persona mayor tiene memoria suficiente para distinguir quién regresó y quién desapareció después de una elección; una autoridad comunal puede explicar por qué el presupuesto directo permitió pasar, en algunos casos, de esperar una obra anual del ayuntamiento a realizar cinco, seis o siete mediante organización y faena comunitaria.
Esa gente no funciona como escenografía. No son simples acarreados. Y su testimonio aporta información política y, sobre todo, demuestra que detrás de la fotografía existe una relación previa. No se consigue que una comunidad, un colectivo o un sector hable con esa familiaridad llegando unas semanas antes de una encuesta.
Así las cosas, la capacidad de convocatoria de Torres Piña no puede reducirse al número de asistentes. Los más de 4 mil de Maravatío, los más de 3 mil 500 de Uruapan y los más de mil jóvenes que han participado en sus encuentros, son cifras que adquieren verdadero significado cuando se observan junto con el recorrido que ha realizado por las distintas regiones del estado.
Eso ayuda a darle contenido al 70 por ciento que reconoce en Torres Piña conocimiento de Michoacán.

Conocer el estado no consiste en memorizar 113 municipios ni en acumular fotografías en plazas públicas. Implica entender que en la región lacustre la conversación puede comenzar por autonomía y territorio; en Capula por artesanía, identidad y comercialización; con los jóvenes por oportunidades; con la diversidad por derechos que todavía no llegan igual a todo el territorio; y con el campo por quién termina quedándose con la riqueza que produce Michoacán.
Esa capacidad de cambiar de pregunta según el interlocutor es mucho más relevante para gobernar que repetir el mismo discurso en todas partes. 70 asambleas, 70 discursos diferentes.
Quizá por eso las voces que han aparecido durante estas semanas ofrecen una evidencia distinta de la consolidación de Torres Piña. Las encuestas permiten medir cuánto respaldo tiene; el territorio permite entender de qué está hecho.
Y es aquí donde los números dejan de ser simples números. Detrás de cada concentración hay una región, detrás de cada región hay problemas concretos y detrás de esos problemas hay ciudadanos que esperan respuestas. La política, finalmente, no se construye solamente desde los escritorios ni desde las encuestas; se construye caminando el territorio y escuchando a la gente, y, sobre todo, siendo parte de la solución.
Torres Piña lo ha hecho.
De Pátzcuaro a Maravatío, de Uruapan a Jiquilpan y Sahuayo, de Capula a Morelia, de las comunidades originarias a los jóvenes, las mujeres, los trabajadores, los productores, los artesanos y los colectivos, ha recorrido los caminos de Michoacán, diversos, complejos y, muchas veces, contradictorios. Se dice fácil, pero convocar y dialogar directamente con más de 150 mil personas, no lo hace cualquiera. Sin embargo, Torres Piña ya lo hizo.
Y ahí el atributo de “conocer Michoacán” deja de ser solamente una respuesta de encuesta: se convierte en una manera de construir política, escuchando primero los muchos Michoacanes que existen antes de pretender conducirlos.
Por eso, cuando se habla de capacidad de convocatoria, conocimiento territorial y cercanía con la gente, las cifras y los hechos parecen coincidir en una sola dirección.
Carlos Torres Piña es Michoacán.
Al tiempo … !!




































